He aprendido a vivir a mi ritmo, lento; no por cansancio, sino porque la vida me parece más interesante. Me detengo a mirar cómo un gavilán busca los huevos de las tórtolas entre las tejas, cómo se mecen las copas de los árboles, cómo muere una planta a la que se ha cuidado. No siempre fui así. Antes me forzaba a vivir con prisa, como si todo lo valioso estuviera más adelante, como si lo todavía no hecho fuera una medida de la valía del presente.
Con los años, el suelo se volvió más blando, ya no tan implacable, ni tan ansioso, ya no necesitado de demostrar nada. Más poroso, más receptivo. Como si, al dejar de exigirme florecer, las raíces pudieran profundizarse y arraigarse. Creo que eso es envejecer: hacerse tierra buena. Esto no significa que todo tiene que dar fruto, pero sí que se puede ser lugar acogedor.
Ahora comprendo que muchas de las cosas que más quiero ya están sembradas. Algunas con intención, otras llegaron solas, como semillas llevadas por pájaros o por decisión del viento. Y yo, sin darme cuenta, me he vuelto un terreno fértil.
Algunas cosas las sembré sabiendo: sembré palabras, vínculos, la práctica de escribir, el amor por ciertas formas de silencio. Sembré la costumbre de caminar para poder comprender mi pensamiento, y de cocinar para lograr nombrar mis emociones. Sembré compañía, aunque a veces sin saber muy bien cómo cuidarla.
Otras cosas llegaron sin que yo lo pidiera: la tristeza, por ejemplo, y, como consecuencia, la paciencia y la compasión; semillas traídas por el viento, como una conversación escuchada por azar, una pérdida que cambió el ritmo de todo, un poema que se quedó para siempre en el cuerpo. No todas germinaron; algunas se quedaron dormidas años. Pero me reconforta saber que estuvieron ahí, esperando.
Y entonces, sin darme cuenta, empecé a cultivar —no el éxito, no un proyecto de vida brillante— sino algo más quieto: la capacidad de estar, de ver, de hacerle espacio a lo que llega. Desde hace unos años me repito diariamente: la vida sucede como sucede. Si la abrazo, me pertenece. Soy dueña de mi alma.
Ahora soy un terreno fértil para la escucha, para la duda, para las preguntas. He aprendido a escuchar lo que no se dice, a admirar lo que no brilla.
A veces me basta con sentarme al lado de alguien y respirar. Esa es una forma de cultivo también, una forma de presencia que antes no sabía recibir ni ofrecer.
No tengo grandes certezas, pero tengo ojos que saben mirar, y eso es una forma de sabiduría que antes confundía con fragilidad. Hay días en que todo lo que hago es mirar.
Miro cómo camina un gato por el borde del muro, cómo cambian con la lluvia las grietas del patio, cómo alguien que amo dobla la ropa con calma, cómo mi perra busca un lugar caliente para dormir.
No parece mucho. Para ver así hay que haber aprendido a detenerse, y detenerse, en este mundo, es un acto profundo de resistencia.
Mary Oliver lo sabía. Escribió que no hay que tener miedo de la lentitud si estamos prestando atención. Nos invitó a caminar sin destino, a mirar un lirio, a preguntarnos qué haremos con esta “única, salvaje y preciosa vida”. Pero no como exigencia, sino como insinuación.
Hasta hoy he cultivado una forma de extrañamiento: me esfuerzo por mirar el mundo como si fuera la primera vez. No porque sea nuevo, sino porque yo soy diferente.
He dejado de pensar que la belleza está reservada a lo extraordinario. Ahora sé que una cucharita de madera puede ser conmovedora, y que el olor del pan puede traer en una inhalación una infancia completa. Sé que caminar sola por la calle, en paz, es un privilegio silencioso.
No tengo un plan claro para los años que vienen, pero sí una intención: seguir cultivando. No grandes cosas, no hazañas ni finales espectaculares, sino lo simple, lo invisible, lo que se cuida sin que nadie lo note. Seguir cultivando la capacidad de maravillarme, de perder el tiempo, de escuchar sin tener que responder, de volver a la casa después de una caminata con los bolsillos llenos de piedras, moras silvestres y fragmentos de mundo.
No sé en qué me convertiré, pero confío en el terreno que soy y en que las semillas seguirán llegando.
Estoy viva aunque nadie lo aplauda.
Colaboración: Maria Antonia Arango Salinas; Psicóloga, Magister en Antropología Social
Descubre más desde genX-Retiro
Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.
